Este año comenzamos conociendo la Guajira, un lugar de mi país, Colombia, que nos regala paisajes nuevos, costumbres y tradiciones distintas. Estuve revisando la oferta turística en las agencias de Medellín, y después de comparar, decidí hacer las reservas por mi cuenta, ya que ningún plan se ajustaba a los destinos que queríamos visitar. Una vez comprados los tiquetes aéreos, partimos con toda la energía positiva.

Amanecer en Punta Gallinas

Una vez en Riohacha, nos recogieron del hotel Emerawaa (que traduce descanso en la lengua Wayú). Este hospedaje no está cerca de la zona comercial de la ciudad, pero precisamente buscábamos tranquilidad y un ambiente cómodo. La reserva la realizamos para el primer y cuarto día de nuestra estadía, en los días intermedios nos iríamos al tour por la Guajira. En el hotel descansamos esa tarde y pasamos la noche y nos guardaron el resto de equipaje. Al día siguiente, muy temprano en la mañana, nos recogieron de Alta Guajira Tours, la agencia con la que había reservado. Debo decir, que desde el inicio nos ofrecieron muy buena atención, pasamos a recoger los demás viajeros y comenzamos la aventura. https://www.altaguajiratours.com/

 

Manaure y Uribia

Nuestro guía y conductor, nos dio algunas indicaciones sobre el recorrido que íbamos a comenzar, y nos dirigimos hacia la población Manaure. El primer lugar maravilloso en conocer, fueron las salinas, extensiones de arena donde se filtra y recoge la sal para comercializar, ver este proceso fue emocionante, el contraste del cielo y la pilas de sal, con los niños que habían allí, era muy especial. Hicimos algunas tomas de aquel paisaje,  y compartimos con niños de la zona, que nos explicaron algunas propiedades de los cristales de sal.

Salinas de Manaure

Continuamos la ruta hacia Uribia, allí, nos aprovisionamos de agua, y algunos alimentos, este era el último sitio donde parábamos antes de comenzar el viaje al desierto. Siguiendo la recomendación del guía, compramos cinco litros de agua por persona, para evitar la deshidratación durante el tour en la Guajira.

 

Cabo de la vela

Sumergirnos por primera vez en un desierto, fue una experiencia mágica, la experiencia del guía para conducir y ubicarse en aquellas tierras, era algo excepcional. Parar en medio de la nada, y apreciar la originalidad del territorio fue sublime. Para una enamorada de las imágenes y las letras como yo, aquel escenario era material profundo de inspiración.

 

Adolescente Wayú

A medida que nos adentrábamos, encontramos algunos peajes donde niños y adultos Wayú, solicitaban dulces para dejarnos avanzar, afortunadamente, nos habíamos equipado con confites y colombinas para el trueque, esta es una práctica común en la Guajira. Después de un largo recorrido entre los cactus y el desierto, llegamos al cabo de la vela, en la posada Apalanchis, nos recibieron con un delicioso almuerzo (ofrecen menús variados). Luego ubicamos el equipaje y nos desplazamos a seguir conociendo.

Nos dirigimos al Cerro Pilón de Azúcar, una empinada pendiente, donde el viento te golpea con fuerza. En la cima, la divisa es genial, se puede apreciar la gama de azules del mar, los riscos y las playas que rodean el Cabo de la Vela. En una gruta, la Virgen de Fátima y sus tres pastores, nos dieron alivio para resistir el ascenso, porque la intensidad del viento nos asustaba a ratos.

Cerro Pilón de Azúcar

Al bajar, nos dimos un buen chapuzón en la playa, y compramos algunas artesanías a los locales. (Blusas, vestidos y accesorios a muy buen precio). Al atardecer, disfrutamos la puesta de sol en el faro, un sitio donde el cielo y el mar, nos dieron las mejores postales.

De regreso a la posada, nos prepararon un cena increíble, y nos colgaron los chinchorros (hamacas de uso Wayú para dormir en la Guajira) en la playa. Esta experiencia de dormir bajo las estrellas, y con el mar a menos de doce metros, afloro mucha alegría en mi interior, me reveló emociones nuevas y muy positivas.

 

Taroa y Punta Gallinas

Temprano, desayunamos y retomamos el viaje, otro recorrido por el desierto, nos acercaba más al extremo del país. Arbustos pequeños y de ramas secas se divisaban en el camino, mientras algunas cabras, se desplazaban sin rumbo definido. Llegamos a las Dunas de Taroa, arena fina de extensión indeterminada a la vista, que nos sirvió como lienzo de imágenes para recordar. Allí el tiempo, se esfumó, la grandeza de este paraíso, nos hizo olvidar el resto del mundo. El mar de olas fuertes, y la arena rojiza y gruesa, nos permitieron disfrutar sin afán del momento.

Dunas de Taroa

La tarde la terminamos en Punta Gallinas, el extremo más al norte de Sur américa, el atardecer en aquella inmensidad, fue indescriptible. Una combinación de colores escasos, sumados a la belleza del mar, la playa y las rocas del lugar, allí, la grandeza del universo y el ser supremo, no son ajenas.

Punta Gallinas

Al anochecer, la posada Luzmila fue nuestro lugar de descanso, buena comida, gente muy amable, y un número mayor de huéspedes acompañaron nuestra noche en los chinchorros. La noche fue más fría y el viento más arrullador que el mar el día anterior, el sueño se hizo corto, tal vez la aventura estaba cobrando energías en nuestros cuerpos. La madrugada llegó, y con ella, nuestras ganas de seguir atesorando aquel espacio, empacamos, desayunamos, y emprendimos el regreso al Riohacha.

Cansados físicamente, pero con el alma llena alegría, divisamos el desierto de regreso, las rocas, las montañas a lo lejos, el tren que iba para el Cerrejón y volvimos a Uribia. Aquí, a manera de despedida, nos llevaron a un restaurante muy agradable, donde nos deleitamos con ricos platos de la región. En la tarde, con mucha satisfacción nos dejaron en el hotel, en Riohacha, concluyendo el viaje.

 

Los amigos y el camino

En el tour, conocimos y compartimos con personas maravillosas. El camino nos dio tiempo para intercambiar historias, sueños y experiencias de cada uno, sus familias y lugares de procedencia. Mi madre y yo, siempre hemos disfrutado viajar juntas, pero conocer a nuestros cuatro compañeros, fue el plus del viaje, personas amables y solidarias, con una esencia pura y única, que siempre vamos a llevar en el corazón. Gracias por compartir las fotos, los chistes, la música y la vida en este viaje.

Caspar, Laura, Sandra, Diana, Lucy y Elizabeth.

 

Feliz semana!

 


Elizabeth Munera A.

Escritora, emprendedora digital y apasionada por los viajes!